Reino

No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino.

Jesús: Puerta, Rey y Reino

La naturaleza del Reino de Dios. En una ocasión, los fariseos le preguntaron a Jesús cuándo llegaría el Reino de los Cielos, y Él respondió de la siguiente forma: El reino de Dios no vendrá con señales, ni dirán: Aquí está, o allá está; porque en realidad el reino de Dios ya está entre ustedes1. Jesús señala, afirma que el Reino de los Cielos ya estaba presente entre ellos, aunque ellos no llegaran a verlo, les indicó con palabras más, o palabras menos que el gobierno de Dios y sus características ya estaban funcionando, ya estaban activos en este mundo en medio de los que oían y creían a su mensaje.

Las palabras de Jesús como que descolocan a los maestros de la época, los acontecimientos que sucedían alrededor de Jesús daban testimonio que la semilla del Reino había comenzado su germinación, las enseñanzas, los hechos portentosos, la compasión, el amor por los perdidos, la autoridad sobre el mal, daban testimonio que algo nuevo había comenzado en el mundo espiritual de la época a través de Jesús, los nuevos brotes de la semilla del Reino de Dios daban testimonio de la manifestación de un reino presente y vivo, la semilla, el germinador, el labrador, el fructificador, el Señor, el Rey del Reino estaba allí entre ellos como un judío más, manso, sencillo y humilde, lleno de confianza y esperanza en aquella semilla que ya nada podía detener el crecimiento y frutificación, donde está el labrador allí está su vid, donde está el Rey, allí está su Reino manifestándose con poder y vida.


Jesús rompe también con toda expectativa o pensamiento de un reino político visible, que tuviera una ubicación geográfica, el reino de Dios no llega acompañado de un despliegue militar sino a través de Jesucristo, un hombre manso y humilde de corazón, que creció en la presencia de Dios, como un tierno y frágil brote verde, como una pequeña raíz en tierra seca, no había nada hermoso o majestuoso en él, el era como otro terruño más, sin atractivos especiales como para que la gente se fijara en él o lo deseara, sin embargo el era Puerta, Rey y Reino de Dios.


Jesús es bien claro al señalar que su reino no se trata de un reino geográfico, físico que pueda señalarse diciendo allí es o es aquí, al decir el reino está entre ustedes o dentro de ustedes no se circunscribe a límites geográficos, culturales, sociales o políticos, centra la presencia del Reino en la soberanía viva y activa de Dios manifestada a través de la vida de los creyentes. Donde está un hijo de Dios allí está presente el reino de Dios, este inclusive trasciende las fronteras de este mundo porque no es de este mundo, aunque si está presente en este mundo.

El reino de Dios no es de este mundo, es espiritual y opera activamente en este mundo estando presente donde se ejerce la autoridad, el poder y la soberanía de Dios, el reino está tanto en el cielo como en la tierra, para que se haga la perfecta voluntad de Dios. Allí Cristo no solo es el Rey de ese reino, sino que también es la puerta; esto funciona entre los nuevos nacidos, ellos son el linaje escogido, el real sacerdocio, la nación santa, el pueblo adquirido por Dios a través de la fe en Jesucristo el Unigénito del Padre que hacen que el reino no sea una promesa a futuro 

El reino de los cielos no es algo que debemos esperar en un futuro con un evento espectacular, o grandes señales, el reino de los cielos ya está presente entre los creyentes, entre los que siguen a Jesús, los ciegos veían, los cojos caminaban bien, los que tenían lepra eran sanados, los sordos oían, los muertos eran resucitados, los desamparados recibían consuelo, los demonios eran expulsados y a los pobres se les predicaba las buenas noticias, el reino desde entonces va de menos a más y aunque no veamos siempre resultados inmediatos él no se detiene.

El reino es una obra que está creciendo y transformando todo, el crecimiento del reino en la mayoría de las veces es silenciosamente, pero, de una forma sobrenatural, poderosa, inexplicable y hasta incomprensible al razonamiento humano el crece desde el interior de los nuevos nacidos, que avanza desde lo invisible hasta lo visible transformando vidas y comunidades, como Jesús lo ilustra en la parábola del crecimiento de la semilla del reino6.

El reino de los cielos no se puede entender como un territorio físico o como un reino político, el reino se define en términos de una realidad poderosa, transformadora espiritual que se revela en el interior del ser humano a través de la presencia de Dios, ya que somos edificados para morada de Dios a través del Espíritu Santo; nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo; nuestro corazón es la habitación de Cristo.

Al establecer como creyentes que somos portadores de la divina Trinidad, la presencia de Dios deja de depender de un lugar geográfico, por lo tanto Dios el Padre, Dios Espíritu Santo y Dios el Hijo están plenamente presentes en nuestras vidas para manifestarse, todo el que vive conforme al propósito de Dios actúa como un fiel testigo, como un embajador del Reino de Dios; así, donde quiera que se encuentre un hijo de Dios, ahí también está presente el Reino, manifestando la Gracia Divina y Soberana, de Dios para con el hombre. 


El reino se manifiesta, se hace visible se expande de manera dinámica y sobrenatural en los creyentes transformados que aplican los principios divinos del reino, como fiel embajador del reino lleva adelante la misión de la iglesia en este mundo. Hacer la obra, alcanzar los propósitos divinos, el creyente debe de vivir en obediencia aplicando en el diario vivir las sagradas escrituras, el creyente manifiesta naturalmente el carácter de Cristo con fe, amor, y esperanza. Jesús ha dicho: he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén; así es hoy y siempre lo será: Dónde hay un hijo de Dios, allí está Jesús.

El reino de los cielos no es algo que se queda quieto, ni estancado, ni inmóvil; el Reino no es aplicable a un concepto filosófico o místico, sino una fuerza activa y transformadora que irradia vida, que se mueve, respira y actúa desde adentro y a través de cada hijo de Dios. El Espíritu del Reino se asemeja al viento, del cual no sabemos su origen ni su destino, pero podemos apreciar, sentir y ver sus efectos16; así se manifiesta el movimiento del Reino de Dios, que es invisible, pero genera un impacto de vida extraordinario. 

Somos el templo vivo y dinámico de Dios bajo la autoridad de Cristo; llamados a ser embajadores del Reino, no nos representamos a nosotros mismos ni imponemos nuestras propias perspectivas, sino que representamos nuestra patria celestial, el amor, la justicia, la gracia y la misericordia de nuestro Rey y Señor.

Nuestro Padre celestial se ha complacido en darnos el Reino por medio de Jesucristo. El acceso al Reino no se obtiene por la fuerza, por mérito propio ni por sabiduría humana; se recibe porque Dios, en su gracia divina y soberana, ha tenido a bien entregárnoslo. El Reino no es simplemente una promesa lejana reservada para el futuro; es también un regalo presente, una realidad que ya comienza aquí y ahora en la vida de quienes pertenecen a Cristo. Como dijo Jesús: No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino; esta palabra llena el corazón de confianza, valor y gratitud, pues nos recuerda que la herencia eterna no depende de la fuerza ni de la influencia, sino del amor fiel de Dios, que sostiene, guia y guarda a su pueblo mientras camina con confianza, fe y esperanza hacia la plenitud de su REINO