Choque entre mundos

Digo, pues: anden por el Espíritu, y no cumplirán el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el Espíritu es contra la carne, pues estos se oponen el uno al otro, de manera que ustedes no pueden hacer lo que deseen.


                                                                                    Galatas 5:16-17


 La colisión, el choque entre dos mundos, es totalmente inevitable, entre el hombre carnal y el espiritual no existe una transición pacífica, serena o quieta; ese será un tiempo que se parecerá más a una revolución; una revolución interior. Cuando se está cambiando de reino, nadie puede dudar que ese proceso trae, de manera indefectible, un terrible conflicto en la vida cotidiana y en lo más profundo del ser humano. En el interior de cada hombre y de cada mujer se libran diferentes batallas: dos corrientes totalmente opuestas pugnan dentro de ellos.


En el interior de todo hombre y de toda mujer se libra una batalla dura a muerte; la proclama es vida o muerte. Dos corrientes opuestas chocan, batallan dentro del hombre o la mujer. Podemos imaginar un cuadrilátero, un ring: en una esquina, el deseo y el poder de la carne, empeñada en la caída del hombre bajo sus redes de pensamientos y así imponerse sobre el deseo del Espíritu; en la esquina opuesta, el Espíritu, dispuesto a luchar contra los deseos de la carne con la esperanza que el hombre alcance la victoria.


No hay duda de que el Espíritu representa la soberanía de Dios; es todo poderoso, es paz, amor, justicia, misericordia y todo en el es santo y bueno. En cambio, la carne simboliza la naturaleza humana caída, que se manifiesta en impulsos egocéntricos, pasiones desordenadas, vanagloria, autosuficiencia y búsqueda del placer inmediato por encima de lo que es justo y agradable a Dios.


Las Escrituras nos testifican, nos revelan que el ser humano vive conforme a su manera de pensar y a su naturaleza. Quien permanece en su condición carnal se ocupa y piensa en las cosas de la carne; pero quien vive según su naturaleza espiritual se ocupa de las cosas del Espíritu. Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne, pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque ocuparse de la carne es muerte, pero ocuparse del Espíritu es vida y paz.


Cuando Dios me rescató de las tinieblas del mundo fue a través de un evento evangelístico. Asistí por primera vez a un culto en una iglesia pentecostal, donde los diferentes dones del Espíritu se manifestaban abiertamente. Desde mi total desconocimiento espiritual, o por la falta de revelación que había en mí, llegué a pensar en mi ignorancia que todos estaban locos. Pero en realidad en mi interior vivía una resistencia nacida de la razón humana, una fuerza interior que se oponía a lo que Dios quería hacer en mí.


Dentro de mí se estaba dando una confrontación entre la razón humana y las diversas manifestaciones del Espíritu Santo. Hoy creo que todo hombre o toda mujer que vive en un mundo natural, carnal, humano y es introducido en el mundo del Espíritu, experimenta un gran choque con una realidad sobrenatural, espiritual y divina. Por eso sufre esa confrontación, porque el hombre natural no percibe ni puede distinguir con claridad las cosas que son del Espíritu.


Los acontecimientos vividos en mi propia experiencia no son algo exclusivo ni un hecho aislado. Todo aquel que camina como ciudadano de este mundo, regido por lo tangible, lo lógico, lo visible y lo explicable, cuando llega al Reino de Dios experimenta el choque entre dos mundos. El Reino de Dios, el mundo del Espíritu, funciona y opera sobre la base de la fe, del poder sobrenatural y de la soberanía divina. Cuando estos dos mundos colisionan en el interior del ser humano, la confrontación es terrible, dolorosa.

Debemos considerar que esta confrontación, este choque entre el mundo carnal y el sobrenatural, es algo normal. Produce tensiones inevitables, porque no existe una afinidad que los unifique: los deseos de uno y otro son totalmente contrarios, incompatibles, incongruentes. Entre ambos no hay punto medio ni terreno neutral. Uno busca la autosatisfacción de los deseos gobernados por la carne; la otra procura agradar al Espíritu, sometiéndose en amor a la voluntad y al propósito divino.

Todo hombre, en su estado natural y como ciudadano de este mundo, al enfrentarse con la realidad del Reino de Dios, se encuentra con un mundo que le resulta ajeno. Como ya hemos mencionado, intentar comprender por sí mismo el mundo de la fe y las manifestaciones del Espíritu es realmente imposible. El hombre, el mundo, no posee las herramientas ni la capacidad suficiente para procesar los pensamientos de un ser insondable, inescrutable e infinito como Dios.

La naturaleza humana se siente segura solo cuando cree tener el control, y ese es precisamente un punto donde se produce el mayor choque con la soberanía divina. Lo que en su momento viví como una confrontación con el paso del tiempo, con los años se fue transformando en una revelación clara, firmemente fundamentada en las Sagradas Escrituras.

Dios Espíritu Santo es comparado con el viento para expresar, de alguna manera, su naturaleza invisible. Al viento no podemos verlo, pero sentimos sus efectos, escuchamos su sonido y contemplamos su obra. Así también el Espíritu Santo es dinámico: contiene una gran energía, un gran movimiento y una capacidad de producir cambios constantes. Nadie sabe de dónde viene ni adónde va, pero su presencia y su obrar son innegables soberanía divina.

Lo que en su momento se presentó como una confrontación con el paso del tiempo, con los años se fue transformando para mí en una revelación clara, firmemente fundamentada en las Sagradas Escrituras. Dios Espíritu Santo es comparado con el viento para representar, de alguna manera, su naturaleza invisible. Al viento no podemos verlo, pero sentimos sus efectos, escuchamos sus sonidos y contemplamos su obra. Así también el Espíritu Santo es dinámico: contiene una gran energía, un gran movimiento y una capacidad de cambio constante. Nadie sabe de dónde viene, ni a dónde va.

No comprender el mundo sobrenatural, espiritual y divino es una realidad humana. La naturaleza humana, con su razón estructurada y ejercitada en un mundo y una vida sin Dios, tiende a resistirse, desconfiar y protegerse de lo desconocido. Esto suele conducirnos, antes de la conversión, a una o varias batallas interiores. Sin embargo, a pesar de mis rasgos resistentes, el amor y el poder de Dios fueron más fuertes que esa resistencia natural y me rescató para su Reino, derribando argumentos y toda altivez.

Un día comencé a sentir una profunda necesidad de ser lleno del Espíritu Santo. Iba a las reuniones con una decisión firme: ser bautizado con el Espíritu Santo y fuego. Muchas veces me retiré de la congregación pensando que Dios no me prestaba atención, que miraba hacia otro lado, o que algo estaba mal en mí porque nada sucedía. Algunos que habían llegado a la iglesia después que yo recibían y hablaban en lenguas, y yo nada. Fueron días de incomprensión, de cierta frustración y de lágrimas derramadas en silencio.

Gracias sean dadas a Dios por las escrituras que nos animan y nos desafían a mantener la confianza en Jesucristo, todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.

Gracias sean dadas a Dios por mi esposa, fiel testigo de Cristo, que estuvo a mi lado en esos momentos. Su voz tenía una sabiduría y una contención divina, a pesar de tener tan solo 18 años. Desde bebé caminaba en la fe, y supo animarme a esperar en el reloj de Dios, cuyas agujas no se mueven según nuestras ansiedades ni deseos humanos. Él tiene su tiempo perfecto y oportuno para cada cosa, para cada acontecimiento. Solo Dios y mi alma saben cuánto anhelé el momento del bautismo. Las escrituras nos animan a persistir en la búsqueda con fe, escrito está: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá